Señor, qué cruz

Antonio Piazuelo – miembro de Attac en Aragon 

Como se suele decir, que cada cual se pague sus vicios

Como cada año llegan estas fechas tan señaladas en las que la mayoría de los españoles nos vemos obligados a confesar nuestros pecadillos ante la Hacienda Pública (sin ocultar ninguno, como hacen otros) y, con ellas, la inevitable campaña de la Iglesia Católica, empeñada una vez más en convencernos de que marquemos una crucecita en su casilla para que una parte de nuestros impuestos vaya a parar a su faltriquera. Por tantos, dicen que es… Bueno, pero sobre todo por ellos. Y a mí me pasa con esto (salvando las distancias) como a Manuel Vicent con los toros: que todos los años, cuando se acerca la Feria de San Isidro, escribe un artículo para poner a la fiesta taurina a bajar de un burro. Vamos a ello sin más preámbulos.

A ver, ¿saben ustedes cuánto dinero público le cae al año a la Iglesia desde las arcas públicas? La cifra, según el informe «Opacidad y Financiación de la Iglesia Católica», de la asociación Europa Laica, supera los once mil millones de euros entre subvenciones y exención de impuestos, y a ella contribuyen todas las instancias estatales: la administración central, la autonómica y la municipal. O, por decirlo de un modo que pone la carne de gallina, uno de cada cien euros del Producto Interior Bruto español se deposita en el cepillo que administra la Conferencia Episcopal.

De ese dinero, unos 250 millones se los ingresa directamente el Estado a partir de nuestro impuesto sobre la renta. Dicen que ese dineral sale del bolsillo de los que marcan la cruz en la casilla (por cierto, si es usted mormón, musulmán o adventista del Séptimo Día, no busque su casilla en el impreso de la declaración: no existe). Dicen que sale de ahí pero es mentira, lo que es grave pecado para un católico según rezan los Mandamientos de la Ley de Dios. Y es mentira por la sencilla razón de que quienes marcan la (bendita) casilla no pagan un euro más de lo que les corresponde, sean católicos o budistas. De modo que, suponiendo que solo sea ese dinero, el que voluntariamente ofrecen sus devotos, el que se entrega a la Iglesia, habrá que decir al tiempo que tan animosos feligreses se ven por ello dispensados, en el mismo porcentaje, de contribuir a las obras públicas, los gastos corrientes de la Administración, la Defensa, la Sanidad o la Educación… de modo que somos los demás quienes tenemos que suplir esa contribución con nuestros impuestos.

Pero además tampoco eso es verdad. Aunque la financiación pública de la Iglesia Católica no es ningún modelo de transparencia y no sabemos hasta qué punto esos 250 kilos se cubren con los voluntarios, lo cierto es que, si por pitos o flautas no llegaran a cubrirlos, el Estado está obligado a aportar la diferencia según los acuerdos en vigor, con lo que lo de la crucecita de marras no deja de ser un engañabobos. Pagamos los 250 millones, sí o sí. Y los pagamos entre todos, no solo los católicos. Esa es la verdad y no el cuento de la casilla.

Seguro que alguien está pensando ahora que eso es lo que está firmado en los acuerdos de enero de 1979 y que, mientras no se deroguen, habrá que seguir pagando. Bueno, la respuesta es sencilla: denúnciense esos acuerdos (yo llevo pidiendolo 35 años ) y dejemos de pagar a escote entre todos las misas y liturgias que les gustan solo a algunos. Como se suele decir, que cada cual se pague sus vicios. Pero además, si no pagáramos, no seríamos los únicos ni los primeros en incumplir dichos acuerdos. En ellos también se comprometió la Iglesia Católica a lograr por sí misma los recursos suficientes para financiar sus necesidades como hace en los restantes países de nuestro entorno. En 1979. Hace treinta y siete años. Puestos a incumplir los acuerdos… ustedes mismos.

Pero no quiero que se me olvide referirme también a la coartada con la que, como cada año, pretende justificar la Iglesia Católica esta prebenda injusta. En ningún anuncio de los que animan a poner la cruz en la (bendita) casilla verá usted reflejada otra actividad eclesial que no tenga un carácter social, de ayuda a los necesitados. Cáritas y otras organizaciones confesionales más o menos caritativas parecen, a juzgar por la publicidad, las únicas destinatarias de tan generosa aportación y… ¿quién será tan cruel de negarse a financiar ese noble empeño? Teniendo en cuenta que las políticas sociales deberían correr a cargo del Estado y contar con una dotación adecuada y estable en los Presupuestos Generales, no está tan claro que sean las manos de la Conferencia Episcopal las llamadas a ofrecer su caridad (¡con dinero de otros»). Pero es que una vez más hay que decir que eso es mentira… aunque tal vez en el mundo de la publicidad sea solo pecado venial.

Si fuese verdad, ¿cómo podríamos explicarnos el desenfado con el que se financian una emisora de radio tan poco piadosa como la Cope y una cadena de televisión en la que no es difícil escuchar a fieros tertulianos, nostálgicos de otra época, que demuestran poca o ninguna preocupación por las injusticias sociales? Esos extraordinarios altavoces para la línea política de la Conferencia Episcopal suman pérdidas, entre 2010 y 2015, de casi noventa millones de euros… antes de impuestos. 2,8 millones para la Cope y 63,5 para 13TV. La fuente es el diario Público y las cifras no han sido desmentidas, aunque ya digo que la transparencia no es la virtud que más practican los ensotanados monseñores. Por eso carezco de datos a partir de 2015, pero no es arriesgado aventurar que no andarán muy lejos.

No sé si entenderán los obispos como obra de caridad la (pen) última animalada que soltó por esa boquita en 13TV Antonio Jiménez, el director y presentación de su tertulia «El Cascabel» (un sujeto cuyo estipendio, nada mileurista, por cierto, sale de nuestros bolsillos vía impuestos). Mientras todas las personas decentes nos estremecíamos por el salvaje atentado terrorista de Manchester, al susodicho solo le preocupaba que la tragedia no hubiese ocurrido entre aficionados al fútbol y se alegraba de que el Manchester Arena no fuese el lugar donde juegan el Manchester United o el City (aunque, ignorante como es hasta de lo que más le interesa, no estaba totalmente seguro de que fuera así).

Tuvo que ser otro tertuliano, el director de La Razón –que no sé de dónde saca el tiempo para dirigir su periódico, de tertulia en tertulia todo el santo día– quien le hiciera ver lo estúpido y grosero de su actitud. «Hay algo más, aparte del fútbol», le dijo Marhuenda por si no lo sabía, pero el tal Jiménez se vino arriba y, entre risas, replicó: «No señor. El fútbol es lo más importante y el Real Madrid, mucho más». Eso con los cadáveres de las víctimas aún calientes. Lo repito, por si alguien se ha olvidado: el dinero que recibe por ese «trabajo» un individuo tan deleznable sale de nuestros bolsillos. De los que marcan la cruz y de los que no.

¿Hace falta añadir que les recomiendo muy vivamente que no la marquen? Señor, señor, qué cruz.

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ATTAC en Aragón no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización. 

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