Crear una sociedad feminista solo cuesta dos horas y una charla de Silvia Federici

28 septiembre 2017 | Categorías: Opinión | |

Aquella tarde de septiembre en Zaragoza hacía mucho calor, pero nadie se quería perder la visita de la autora de Calibán y la bruja. Trescientas personas se apretaban para que Silvia Federici hablara de la violencia expresiva, de la aportación de los colectivos de las mujeres trabajadoras del hogar al feminismo y de los peligros de la renta básica universal.

Se había corrido la voz de que en Madrid se había completado el aforo y en Zaragoza nadie quería perderse a Silvia Federici. Por eso, una hora antes ya se podía escuchar a gente quejándose del calor en el salón del Centro Social Luis Buñuel. Unas 300 personas esperaban a que llegaran las siete de la tarde. Todas habíamos leído los comentarios en Twitter y Facebook sobre lo espectacular que había sido la charla de Madrid y, si algo estaba claro era que antes nos desnudábamos como en un concierto feminista que perder una de las escasas sillas de la sala.

Algo más tarde de las siete, cuando cualquier papel o libreta se había convertido en un abanico improvisado, llegó Silvia con sus 75 años saltando entre las personas que habían ocupado el suelo. Ella aplaudía y nosotras aplaudíamos sin saber que en dos horas esta mujer iba a romper el sistema capitalista y a construir algo nuevo.

Ella venía a hablar del capitalismo y de la violencia contra las mujeres y eso fue lo que hizo: uno a uno fue desmantelando los grandes mitos del neoliberalismo para proponer una alternativa de lucha comunitaria que recuperase el valor de los trabajos reproductivos, es decir, de todos aquellos que aseguran nuestra supervivencia, como el acceso al alimento, al agua y las relaciones personales. O como lo llama Federici: el trabajo no remunerado.

Para ella el sistema capitalista o su nueva forma de organización, el neoliberalismo, ha desmantelado las formas de reproducción de las personas, nos ha aislado a unas de otras y ha empobrecido las relaciones sociales para evitar la creación de contrapoderes. Ni somos capaces de sobrevivir sin el mercado capitalista ni somos capaces de percibir al otro como un aliado: “Solo despojando a la población de su medida de reproducción se ha podido crear una fuerza laboral obligada a aceptar cualquier tipo de despojo. Con la nueva expansión del capitalismo a partir de los años 70 ha habido una ola feroz de ataques a nivel mundial a la medida de reproducción más importante”.

A la pregunta de cómo hemos llegado hasta este punto ella da una respuesta contundente: todo empezó con una guerra contra las mujeres. Cuando le preguntan sobre su opinión sobre el tándem comunismo y feminismo ella responde alto y fuerte: “Hemos utilizado a Marx contra Marx”.

Para ella, Marx acertó al demostrar que el origen del capitalismo se debe a una acumulación de riqueza no pagada, sin embargo, erró al focalizar esa acumulación solamente en el trabajo no pagado de la población obrera. Federici asegura que el poder del capitalismo no habría sido tan exponencial sin la inestimable ayuda del patriarcado. El trabajo reproductivo no pagado es para ella el origen de la acumulación de capital ya que sin el trabajo de cuidados que las mujeres realizan gratuitamente no habría sido posible el capitalismo o, al menos, no habría sido posible en las magnitudes actuales. Por ello, cuando una de las participantes del colectivo de Trabajadoras del Hogar levanta la mano para agradecerle su visión del trabajo doméstico, es Silvia quien le insiste en que fueron ellas las que recuperaron la lucha contra el trabajo no pagado o precario: “En los años 80 y 90 las feministas habían abandonado la lucha, sobre todo con los feminismos de Estado que se concentran en el trabajo fuera de la casa. Y han sido las trabajadoras del hogar quienes han recuperado la temática de la primera fase del movimiento, la importancia del trabajo doméstico que es el pilar de tantas actividades y que sin él no se puede cumplir ninguna. El movimiento feminista tiene que dar un apoyo más fuerte a la lucha de las trabajadoras del hogar”.

Si el capitalismo ha tenido tanto éxito ha sido gracias al poder disciplinario de su herramienta más eficaz, la violencia, que ha sido un componente más en la vida de las mujeres: “La violencia es parte de una estructura social que se emplea para mantener las jerarquías de poder. Así, los hombres son los representantes de la familia, de la comunidad, del Estado y del capital porque son el supervisor inmediato del trabajo no pagado de la mujer”.

 Precisamente por esto Federici se muestra siempre tan escéptica con el Estado, el asalto institucional y las políticas buenrrollistas como la renta básica universal. No confía en las instituciones ya que las considera cómplices de la violencia machista del sistema:

-La estrategia de pedir justicia al Estado puede ser peligrosa porque, en realidad, tiene la responsabilidad de esta violencia. Entonces, esperar que la institución que tolera e instiga esta violencia sea la que puede defendernos es peligroso porque muchas de las medidas que se han pedido han sido usadas para criminalizar a muchas comunidades.

Y añadía: “El miedo que yo tengo con la renta básica es que, una vez más, puede ser una forma de ocultar de nuevo el trabajo que se hace, el planeta del trabajo doméstico, de crianza, de sexualidad, etc.”.

Silvia continúa imparable y sin descanso. Apenas se detiene a tomar agua y las 300 personas allí reunidas permanecemos en silencio tratando de asimilar nuestra responsabilidad en todo aquello. Por si fuera poco, escucho por segunda vez este año que la violencia contra las mujeres se ha recrudecido en los últimos tiempos y cada vez es más visible. La primera fue de la mano de la feminista poscolonial Rita Segato, que describía al neoliberalismo como el responsable último de este recrudecimiento. Las dos autoras coinciden al examinar una táctica común en la estrategia de desmembramiento de las comunidades: atacar a las mujeres que la componen. Ellas son las más resistentes y, además, encarnan la raíz de la comunidad. En otras palabras, atacar a las mujeres es atacar a las formas de reproducción de la comunidad.

Esta violencia ya no ocurre dentro del hogar como medida disciplinaria entre el patrón y la peona sino que ahora es como un lenguaje: “Es una violencia expresiva porque se intenta mandar un mensaje, es un mensaje de terror”.

Federici se ríe cuando algunas personas tratan de explicar este repunte de violencia como una “crisis de la masculinidad”. Para ella solo es otra forma más de impunidad del Estado y de sus mecanismos de control: “Se analiza en una forma que ve a los hombres como víctimas, pero muchas compañeras han dicho que no pueden aceptar esta lógica. Es importante ver cómo el Estado ha dado impunidad a los hombres. Es importante ver que, en la crisis de los recursos, los hombres utilizan el cuerpo de las mujeres y el trabajo de las mujeres para recuperar el poder económico que han perdido”.

Sin embargo, estas nuevas formas de violencia también han traído consigo que el movimiento feminista sea más fuerte, más activo y global: “La máscara del capital ha caído y ahora podemos ver el capitalismo en toda su violencia. La apariencia de bienestar, de seguridad, de servicios en Europa; un capitalismo benéfico con una cara humana… esta ilusión hoy está cayendo”.

A Silvia tampoco le tiembla la voz cuando asegura que la maternidad subrogada es “una cosa horrible” y la considera una forma más de explotación de la mujer como el trabajo doméstico, la prostitución o el trabajo en la fábrica. Todo se encuentra en manos del capital. “Al fondo de tanta violencia hay un proceso de desvalorización de las mujeres, de la reproducción de la vida. El neoliberalismo ha proyectado una subjetividad que valoriza solo el dinero”, explica.

Por ello, cuando Silvia comenzó a describir su alternativa de lucha, todas respiramos aliviadas. Esto del capitalismo, de la violencia expresiva y la explotación de las mujeres tenía solución, aunque fuera costosa. Para Federici, y para otras autoras como Judith Butler, el camino a seguir debe pasar por la creación de alianzas. Si la violencia tiene muchas caras, también debe tener muchos frentes de lucha.

Lo cierto es que, aunque hasta ese momento no nos habíamos dado cuenta, Silvia había estado hablando todo el tiempo de su ideal de sociedad. Aunque el movimiento feminista sea tan diverso debe romper el aislamiento entre poblaciones, colectivos y personas y, en contra del sistema, crear tejidos sociales y comunidades más cooperativas.

-Si estos frentes se unifican, si se crean espacios comunes, se pueden empezar a juntar las luchas y crear un programa de reconstrucción social, porque la resistencia solo es el primer paso.

fuente

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