Reino de España. La Inquisición pre y posmoderna: el pensamiento mágico sobre la libertad de expresión y la otra cara del “efecto Streisand”

2 marzo 2018 | Categorías: portada | |

David Guerrero
Ha pasado todo en menos de 24 horas: el intento de secuestro judicial del libroFariña, la retirada –no judicial– de la obra Presos políticos en la España contemporánea en ARCO y la ratificación por el Tribunal Supremo de la sentencia de la Audiencia Nacional contra el rapero Valtonyc. Lo de las canciones de Valtonyc, por la firme sentencia judicial que hay detrás, ha sido lo más indignante con diferencia: condenado por injurias graves a la Corona, enaltecimiento del terrorismo y amenazas; ¡tres años y medio de cárcel!
Propongo que se guarden a buen recaudo todas estas sentencias de la Audiencia Nacional y del Supremo, pues serán una fantástica base de datos para los que en el futuro se dediquen a la antropología cognitiva de la religión: son grandes ejemplos de pensamiento mágico, de proyecciones metafísicas y de creencias disparatadas acerca de cómo funciona el mundo. Mezclan, por un lado, ese afán censor propio de una tradición muy rancia y muy nuestra, la Inquisición (y ni siquiera comentaremos aquí los últimos autos de fe en los que el Supremo preguntó a los presos catalanes si renunciaban a la vía unilateral; el fin de la prisión preventiva solo podía venir precedido de un beato “¡sí, señoría, me arrepiento!”). Por otro lado, las sentencias desarrollan creencias mágicas acerca del poder del lenguaje propias del peor Derrida, de alguno de esos libros de “programación neurolingüística” o  de “coaching ontológico” (al estilo “Descubra el asombroso poder del lenguaje para crear y cambiar la realidad; será usted el más exitoso en su oficina…”, bla, bla) –quizá Derrida fuera un descuidado pero honrado lector del lingüista Austin; pero está claro que los segundos solo lo citan para dar solemnidad a sus estafas–. Las sentencias combinan, decía, casposos instintos premodernos contra la libertad de expresión con la peor charlatanería posmoderna acerca de las asombrosas capacidades que tendrían las palabras, los símbolos y los discursos por sí solos para actuar sobre la realidad, cuando no para “crear” realidad.

Supongamos ahora que nos creemos todo este pensamiento mágico acerca del lenguaje y por tanto, todo lo que implican las sentencias –los siguientes entrecomillados son del Tribunal Supremo–: que el rap de Valtonyc, al imaginarse atentados con goma-2 y fusiles Kalashnikov contra el Rey “implique elevar el riesgo de que se produzca una conducta violenta (…) [crea] un determinado caldo de cultivo, una atmósfera o ambiente social proclive a acciones terroristas, antesala del delito mismo”; que todas esas referencias a ETA y GRAPO suponen “una humillación, a quien ha sufrido el zarpazo del terrorismo”; que las injurias contra la Corona atacan el mantenimiento del orden político consagrado en la Constitución; “que la utilización de símbolos, mensajes o elementos que representen o se identifiquen con la exclusión política, social o cultural deja de ser una simple manifestación ideológica para convertirse en un acto colaborador de la intolerancia excluyente”, etc.

Bueno, pues si nos tomamos tan en serio todo este supuesto poder de las meras palabras, de la importancia de las expresiones por sí mismas, los siguientes causantes directos de ese “caldo de cultivo” terrorista habrán sido la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo, que han publicitado como nadie las rimas de Valtonyc. Y además es que asumen que somos idiotas y no tenemos criterio. Si mañana alguien atentara contra el Rey, los sospechosos siempre podrán decir que fueron misteriosamente seducidos por el espíritu de las palabras, que se les apareció y los convirtió en terroristas, que no tuvieron otra opción, que la música personificada les “incitó” sin remedio al odio. Si nos creemos este pensamiento mágico, que es como un animismo que otorga al lenguaje poderes sobrenaturales, los bienes jurídicos que la AN y el TS dicen querer proteger –el honor del Rey, el orden constitucional, la inclusión de la familia real en la vida social, la honorabilidad de la Corona, la dignidad de las víctimas de ETA– han salido claramente peor parados después de las sentencias: ¿no se reducirá un poquito más ese honor (si es que quedaba algo), por cada nueva reproducción de las canciones de Valtonyc, ahora que todos las queremos escuchar?, ¿no aumenta el “ambiente social proclive a acciones terroristas”, no crece el “caldo de cultivo” ahora que Valtonyc ha sido invitado al festival Primavera Sound y ya tiene una gira programada? Hablando precisamente de filosofía del lenguaje, todas las sentencias de este tipo incurren en una contradicción performativa: si nos tomamos en serio todo lo que dicen acerca del poder del lenguaje, ellas mismas atentan contra los bienes jurídicos que dicen proteger, pues la consecuencia práctica de las sentencias es el aumento disparado de la difusión de los mensajes, por tanto, el aumento del peligro contra esos bienes jurídicos.

Pero todo esto es, como decíamos, pensamiento mágico. Las palabras por sí solas y los símbolos, sin un contexto particular detrás, poco tienen que hacer. No es lo mismo cantar lo que canta Valtonyc y compartirlo desde casa por internet que arengar con esas mismas letras a un grupo de los GRAPO que de hecho rodean y apuntan al Rey como sus armas. El contexto y la intención de la emisión importan, pensar lo contrario, como parece que hacen la AN y como pensaba Derrida, es creer en la magia. Es como cuando en EE.UU. se pide que se censuren los videojuegos innecesariamente violentos porque incitan al odio, pero luego esos mismos no hablan de restringir la venta y posesión de armas; estos videojuegos son igual de exitosos entre los adolescentes europeos, ¿pero cuántos tiroteos masivos hay en Europa?

Aunque no siempre, la preocupación por el lenguaje suele acompañarse de un alejamiento de la realidad. En vez de preocuparnos por resolver la catalanofobia, queremos censurar una chirigota, yo mismo paso más tiempo discutiendo sobre el género de las palabras y que pronombre usar que sobre las causas de la brecha salarial entre hombres y mujeres; dedicamos más atención a denunciar que nosequién se pinta la cara de negro para hacer de rey Baltasar en lugar de indignarnos por las concertinas de la valla de Melilla. Y esto no quiere decir que el lenguaje no sea un buen reflejo de relaciones de poder realmente existentes y peligrosas; pero son esas relaciones y no el lenguaje lo que nos ha de preocupar penalmente. Si todos fuéramos sordos, mudos y ciegos seguiría habiendo transfobia, racismo y gente que quiere atentar contra la Corona. Concederle al Estado el poder juzgar por vía penal los “efectos” que puedan tener determinadas expresiones es darle un enorme poder discrecional para controlar nuestras expresiones, porque los efectos y la intencionalidad de las palabras son muy difíciles de objetivar; ¿qué forma posible tenía Valtonyc de demostrar que por mucho que cantara esas cosas, nunca habría sido capaz de animar a alguien para que matara al monarca? No hay manera posible. La legislación contra los discursos del odio empezó con la intención de proteger a minorías, pero no de palabras (no evitar que se sientan “ofendidas”, sino protegerlas de relaciones de dominación reales). Ahora se vuelve sistemáticamente en nuestra contra. Si decidimos que los sentimientos de ofensa sean penalmente relevantes, le damos al poder judicial la capacidad de sentenciar, no sobre hechos, sino sobre interpretaciones de palabras y conjeturas subjetivas acerca de sus efectos. Teniendo en cuenta que el judicial siempre tiene un sesgo conservador, no parece muy inteligente dejarles definir a ellos dónde está el límite del mal gusto.

Sobre la censura fallida y lo que implica el “efecto Streisand”

Desde todas las ideologías se ríen esta semana y con buenas razones de la fallida censura, “les ha salido el tiro por la culata”. Fariña, éxito repentino de ventas e inesperada y gratuita publicidad para la obra de Santiago Serra en ARCO. Y todo el mundo vuelve a hablar del “efecto Streisand”: el intento de ocultar o eliminar información acaba por conseguir lo contrario, haciendo que despierte más interés, diseminándose mucho más. Pues con estas sentencias que tratan de juzgar los supuestos efectos nocivos de las expresiones pasa lo mismo. Acordémonos del autobús transfóbico de Hazte Oír que solo hemos visto en foto. Y es que es un problema tener estas pretensiones inquisitoriales tan premodernas en estos tiempos digitales tan posmodernos. Cuando apenas existían imprentas, casi nadie sabía leer o todo los escritos pasaban un filtro previo –ya sea de curas, de comisarios políticos o de ricos entrometidos– la censura era al menos bastante más racional. Si es relativamente fácil sacar de circulación un contenido, impedir su acceso o censurarlo previamente, podríamos aceptar que algún censor fanático piense que está “protegiendo” algo de los terribles efectos de cierto contenido, de cierta expresión. Ya no. El irónico y divertido efecto Streisand sería un regalo de la tecnología contra el poder. Hoy en día, conseguir lo que se pretende con la censura (que no se acceda al contenido) es algo casi imposible. La reproductibilidad digital del contenido complicaría muchísimo los objetivos de la censura, y aún más difícil sería censurar cuando todo es rápidamente compartible mediante la gran red descentralizada que le permite a usted leer este texto y a nosotros compartirlo sin que tengamos que pedir permiso a nadie.

¡Falso! En realidad, sin pedir permiso aproximadamente a nadie. Internet, como bien sabemos aunque se nos olvide a veces, no deja de estar anclado a un crudo mundo material: desde los cables de fibra óptica que cruzan océanos bajo el agua hasta las antenas que sustentan el internet 3G de nuestros móviles, pasando por los servidores físicos que almacenan toda la información. Estos cables, antenas, servidores y muchas cosas más son poseíbles y fácilmente controlables; con los adecuados recursos, son tan controlables como lo eran unas imprentas o una frontera. Las metáforas del contenido “en la nube” y la distribución peer to peer, idolatrar el espacio “global” que ofrecen las redes sociales masivas, la infinita cantidad de diarios digitales y blogs fácilmente accesibles, pueden llegar a ser lemas confundentes. Alguien podría acabar pensando que la eliminación del contenido es hoy materialmente imposible, que solo tarados que viven en el pasado como los de la AN lo intentarán. Yo creo que es audaz darse cuenta y reírse del efecto Streisand, pero creo también que hacer solo eso es caer en un ciberfetichismo –es difícil acuñar neologismos útiles, este de César Rendueles está condenado a serlo cada vez más–.

Los que no son inquisidores posmodernos de pacotilla, son consecuentes y censuran de verdad, como hace China con buenos y tenebrosos resultados mediante un sofisticado y gigantesco firewall. Igual lo hace Corea del Norte, que controla los flujos de internet en sus fronteras, haciendo que los norcoreanos de a pie solo puedan acceder a una especie de intranet o red interna. Pero sorprendentemente la gran capacidad de censura en este momento tecnológico no la tiene hoy ningún poder público, sino, poderes privados. Nosotros aún estamos protegidos por convenios europeos, pero el fin de la “neutralidad en la red” con la que acabó la FCC en Estados Unidos (haciéndose una especie de hara-kiri, acabando con sus propias competencias) posibilita una especie de censura de facto haciendo que las compañías con las que contratamos internet ralenticen ciertas webs o cierto contenido frente a otros que ellos crean más conveniente o rentable. Resulta sintomático del arbitrario poder que Google tiene sobre el contenido de internet que toda la jurisprudencia llevada a cabo entorno al “derecho al olvido” consista básicamente en sentencias contra la famosa empresa de Silicon Valley. En realidad Google ya ha estado haciendo un tipo de censura cuando ha aprovechado su posición imbatible entre los motores de búsqueda de internet para posicionar sus propios productos mejor que los de sus competidores (y ha sido condenado por ello, con multas récord por las leyes antimonopolio europeas).

La libertad de expresión nunca será fruto de la tecnología sino de la voluntad política. La tecnología, depende de quién la controle, nos lo pondrá más o menos difícil, pero no debemos olvidarnos que en última instancia tenemos libertad de expresión porque nos preocupamos por ella, porque queremos tenerla, porque nos obligamos a tenerla. Es posible que gracias a que Amazon sigue vendiendo Fariña, nuestra libertad de información se haya visto poco afectada a pesar del secuestro judicial. Es posible que debido a que no se pueden borrar todas las copias de los raps de Valtonyc, este siga disfrutando de libertad de expresión gracias a Google-Youtube y a pesar de las sentencias sobre la peligrosidad de sus letras. Pero que nuestras libertades de expresión e información dependan de la voluntad de poderes privados es problemático –es una voluntad tornadiza e incontrolable por nosotros–.

Me parece fantástico que nuestro poder judicial sesgadamente conservador no disponga de los medios para censurar como le gustaría y tenga que recurrir a este tipo de sentencias ridículas e inconsistentes que su éxito depende de que consigan ser ejemplarizantes. Su poder frente a las multinacionales de la tecnología es tan escueto que depende de que sus sentencias nos asusten más que nos indignen, su censura depende de que nos callemos por miedo, porque el contenido seguirá saliendo disparado por algún hueco del mercado. Pero que sean solo Amazon, Google o Twitter los que le ponen el bozal al Estado garantizando colateralmente nuestras libertades nos tiene que invitar a reflexionar seriamente sobre la situación del poder público y qué relación de fuerzas mantiene con estos poderes privados. Esta vez hemos tenido la suerte de que nuestras libertades han caído del lado de los intereses económicos de alguien –igual que nuestra oportunidad de ver la obra de Santiago Serra ha dependido de que haya aparecido un mecenas particular para comprarla y exponerla–, pero no siempre el interés privado de estas multinacionales coincidirá con la extensión de nuestros derechos: Facebook ganando millones gracias a los abundantes clics que proporcionan las fake news, o las cuentas de resultados de Twitter, que crecen al ritmo de la polarización y el odio social acumulado, y recuérdese sobre todo a Yahoo y Microsoft en China, facilitando información de disidentes cuando les ha convenido

Propongo que los ataques contra la libertad de expresión de esta semana –el de Fariña, el de ARCO y el Valtonyc– nos inviten una triple reflexión. La obvia: que el Reino, en esta gran crisis de legitimidad está dando coletazos a través de un poder judicial abusivo que ataca la libertad de expresión y que lo hace desde unos planteamientos absurdos e irracionales. La menos obvia: que la aplicación abusiva del código penal por parte del Estado es solo uno de los poderes capaces de amenazar nuestra libertad; que hay otros poderes, esta vez privados, que también amenazan nuestra libertad cuando sus intereses lo requieren. Y sobre todo, aunque suene paradójico, que el Estado y la política son las mejores herramientas que tenemos para defendernos de ellos.

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